Septiembre '26 - Chinoy y un encuentro íntimo en Casa Azul

Imágenes gentileza de Sea Produce
La infinita sensibilidad que habita en el genio creativo del músico, poeta y pintor chileno Chinoy lo convierte en esa clase de artista capaz de transformar cada concierto en el relato de una vida dedicada a la creación. Y sin proponérselo.
En el encuentro acústico e íntimo llevado a cabo en Casa Azul (City Bell), el artista vino a contar su propia odisea. A recorrerla delante de nosotros: su trayecto personal desde su natal San Antonio hasta Valparaíso; desde Bahía Blanca a Buenos Aires; los caminos que debió transitar para encontrar un lugar en el mundo; las dificultades a sortear para forjar una identidad artística. Itinerante por naturaleza, su recorrido, escuchado de su propia voz y atravesado por canciones, cobra, por momentos, la forma de un antiguo mito en movimiento.
Ante la atenta escucha de su público, y durante casi dos horas y media de show, el cantautor fue reconstruyendo su trayectoria, entrelazando distintas estaciones de su vida con su autodidacta e intuitiva formación como artista. Hay algo de fábula agazapada en esa exposición: un ser escondido que se va revelando de a poco, como si detrás del músico, del pintor y del poeta hubiera todavía un alter ego abismado, un duende dispuesto a mudar de piel cada vez que la creación lo reclama.
Nacido en San Antonio, pequeña ciudad portuaria de atardeceres de ensueño, Chinoy carga con esa geografía como una prolífera raíz y, al mismo tiempo, como una partida. De Chile a la Argentina y, dentro de nuestro mapa, una trama de vínculos sentimentales y artísticos con las calles de La Plata, lo encuentra como exclusivo protagonista. Una ciudad que visitó numerosas veces, a la que lo unen antepasados de sangre y que, según cuenta, continúa inspirándolo.

Artista trashumante, el músico parece estar siempre desplazándose: de una ciudad a otra, de una disciplina a otra, de una composición a otra. De la caminata al revés al salto en picada, en busca de una dirección, allí, donde aparentemente no la hay. La exploración de su lugar en el mundo no aparece como un episodio concluido sino como una condición de permanente invención.
Con alma de trovador, sabe cómo encandilar a su audiencia. Por ello, el concierto pudo leerse también como una clase magistral en la absoluta intimidad. Una demostración de lo que puede hacer un artista originalísimo cuando queda solo frente a un público, instrumento en mano; solo, junto a su incesante torrente artístico, este eximio guitarrista demuestra que sus cuerdas parecen prolongar, directamente desde sus manos, una corriente creativa que nunca se detiene.
Ante su público, el artista trasandino se define como tímido, silencioso y oscuro. Y hay algo paradójico en esa autodefinición: aquel que se piensa silencioso termina construyendo un universo sonoro de enorme intensidad. Aquel que se reconoce oscuro trabaja con una materia poética que no deja de buscar la luz. En una constelación denominada Chinoy, las partículas poéticas se acumulan, se enlazan, se precipitan; como si el camino de la canción no fuera una línea recta sino una deriva. Y mientras canto y guitarra se funden, la canción parece construirse delante de nosotros. Con los ojos y las manos en el pentagrama, su universo lírico germina entre imágenes, intuiciones y desvelos.
Ecléctico, nos convidó de algunas de sus más logradas composiciones. También, de variados estadios creativos. Incluso, cuando el miedo al fracaso aparece como otro de los motores de esa maquinaria creativa. Y la emoción, como combustible. Ante la finitud como horizonte, el cantautor chileno halla la creación como respuesta. Pintar, escribir, tocar son, en definitiva, tres maneras de enfrentarse al tiempo.

En el bello y selecto recinto, también hubo espacio para la lectura de poemas pertenecientes a su último libro editado: "Antología Imaginaria". La palabra dejó de ser solamente una herramienta para la canción y adquirió una vida propia. Poesía y música se buscaron, se encontraron, se retroalimentan. Porque allí parece estar una de las claves de su concepción artística: sus múltiples oficios no constituyen compartimentos separados, sino vasos comunicantes en los que cada veta creativa modifica a las demás. El pintor deja una huella en el músico; el poeta altera la mirada del pintor; la música devuelve algo a los otros dos. La creación se vuelve, así, un circuito permanente.
El sanantonino parece responder desde la constante experimentación, desde esa condición de artista mutante que desafía incluso los postulados taoístas. No resulta difícil asociar su figura a la del 'Dylan chileno', aunque las filiaciones no terminan allí. En su lírica aparecen también reminiscencias sabinescas, huellas de poetas de quienes nutrirse, voces anteriores que ingresan en su propio flujo sanguíneo y son transformadas.
El repertorio funcionó, entonces, como mapa de ese trayecto, recorriendo hitos de su cancionero como "Plata Papan", "De barro", "Vamos los dos", "Alma y carne de gallina", "De loco medieval", "Que salgan Los dragones", "Para el final" (parte de la banda sonora de la película "La buena vida", de Andrés Wood, estrenada en 2008) y "Klara", entre otras.
El generoso repaso por su discografía concluyó en la imagen de un artista que vino a cruzar fronteras y dimensiones paralelas, a contar su historia sin necesidad de proclamarla. Nacido cerca del mar, de corazón universal, llegó a Casa Azul con una guitarra, un puñado de canciones, un flamante poemario y una colorida historia detrás. Seguro de haber encontrado su perfecto lugar en el mundo, cuando la creación misma se convierte en ese lugar.
